Tres ancianas enfermas o del envejecimiento en los países desarrollados
Opinión

Tres ancianas enfermas o del envejecimiento en los países desarrollados

Opinión-Ageron

Jesús Centenera
Ageron Internacional.


Algunas enfermedades son el escarnio de la vejez. Y no puedo evitar sentir algo de pena por esas ancianas arrugadas, cuyos rostros muestran el doble sufrimiento del tiempo y de sus padecimientos, mientras se afanan en sus pequeñas cosas. Una quiere coger los ovillos, pero le duelen todos los huesos por la artrosis, que ha acabado deformando sus manos, transformando sus dedos en garras retorcidas, dándoles el aspecto de esos anzuelos, recuperados del fondo del mar, que los escupe herrumbrosos y desfigurados, como dulce venganza poética. La otra quiere hacer sus costuras de siempre, pero la enfermedad del Parkinson hace que le tiemblen las tijeras, y apenas consigue cortar algún hilo aquí y allá, tras un esfuerzo fatigante, más para los que la observan impotentes, que para ella misma. La de más allá, las mira como embobada, porque hace tiempo que no sabe quiénes son, cómo se llaman, ni qué hacen, ya que el Alzheimer le secuestró los recuerdos y los nombres hace tiempo. Se ríe, pero no sabe el porqué, llora pero no está segura de si ahora toca eso o no. Sus ojos que miraban brillantes hacia afuera, son ahora opacos ventanucos para mirar hacia adentro, pero no se puede ver nada de lo que hay, o debería haber allí, en ese desván interior lleno de tesoros acumulados durante años. La habitación lóbrega y húmeda, apenas calentada por un mísero brasero no ayuda mucho. Definitivamente, no ayuda ¡Ah, Marco Tulio, cómo te equivocabas!, aunque lo hicieras por boca de Catón, al cantar las loas de una larga vida. A diferencia de Gorgias de Leontino yo sí que tengo algo de lo que acusar a la vejez, que es nuestra enemiga, como hacía el Don Diego de Corneille: “Ô, rage!, ô, désespoir!, ô, vieillesse ennemi!”.

Como la vida se prolonga cada vez más años en los países desarrollados, los hombres han llegado a creer que son inmortales, no tanto porque no se mueran ellos mismos, sino porque entierran a menos gente, porque hemos apartado a la muerte de la vida, o, con más propiedad, lo hacen con intervalos más largos entre cada ocasión. Cuando se vivía en los pueblos y la esperanza de vida en los países de Europa eran los treinta y tantos, no había mes que no tuvieran que andarse hasta el camposanto, desfilando entre los cipreses, en silencio o con cantos fúnebres, excepto en las hambrunas, cuando en lugar de los cantos, rugían los estómagos. Cuando la revolución industrial atrajo a las masas, hacinándolas en las colmenas proletarias, sucias e insalubres de las ciudades, el destino inventó el macabro juego de dar más alimentos, haciendo crecer a la población, al mismo tiempo que las infecciones se llevan a millones de niños por enfermedades, ¡Ja Ja!, Cómo se ríe de forma macabra la peste cuando adelanta al galope al hambre ¡Cuántas madres desoladas! ¡Qué tristes son las lápidas de los niños! Sin olvidar a la guerra, el jinete más rápido de todos ¡Cuántos padres enterrando a sus hijos, en lugar de hijos enterrando a sus padres!, que ya nos indicaba Herodoto ¿Cómo no pensar en la muerte, cómo no reflexionar sobre las cosas importantes de la vida, dándole a cada cosa su justo valor?

Luego, un nuevo titán, un nuevo Prometeo, buscando el fuego, encontró la lámpara maravillosa en los laboratorios de la química, la física y la medicina. Y, frotando suavemente, pidió que fuéramos inmortales. Pero ya sabes, amigo, que el Genio está resentido, por los siglos pasados en la estrecha y asfixiante oscuridad de la ignorancia, por lo que es cierto que concede los deseos (que no haya hambre, que no haya peste, que no haya guerra, que se aleje la muerte…), pero siempre con una maldad asociada, como una burla cruel para los suplicantes. Quizá pensábamos que esta nueva manzana nos haría como dioses, cuando lo único que ha hecho es hacernos mortales más viejos, más enfermos y, a veces, más tristes. Porque bien decía Séneca que “extremada crueldad es alargar el castigo” ¡Qué dolor cuando se sobrevive a los conocidos! (la abuela copiaba cada año los nombres en una nueva agenda telefónica con su escritura pulcra y parsimoniosa, y la pobre iba quitando a los que habían muerto), por no hablar del vacío que nos dejan los seres queridos ausentes (“Your mother’s eyes, in your eyes, cry to me”), que nos hace arrepentirnos de querer vivir sin fin, si de verdad lo llegamos a desear en algún momento (“Who wants to life forever, who wants to live forever…?”)

Lo que no saben los hombres es que no es gracias a su ciencia y sabiduría por lo que se ha alargado su vida, sino que ello es debido a la vejez y enfermedad de las Parcas, que ha ralentizado el ritmo de su actividad ¡Oh, insensatos y soberbios mortales! Aunque penosamente y con mucha dificultad, finalmente Nona, también llamada Cloto, consigue recordar un nombre, que grita excitada, con esa pequeña voz chillona y desagradable (¿Será el tuyo, será el mío…?). Como también, con una lentitud desesperante, finalmente Décima, a la que apodan Láquesis, arrastra el ovillo y lo estira con sus dedos ganchudos y artríticos, para que las temblorosas manos de Morta, conocida como Átropos, le den el corte mortal. Lamentablemente, muchas veces el temblor permanente hace que el hilo se balancee, como si fuera a escaparse, y tarda en cortarse, prolongando una larga agonía al moribundo, pero el resultado final siempre es el mismo.

Por eso, en lugar de querer vivir eternamente, seamos humildes como Hölderlin, y pidamos tan solo llegar hasta finales de este año: “¡Concededme un verano, solo uno, oh poderosas!, Y un otoño en que pueda mi canto madurar; solo de esta manera, saciado con tan dulces juegos, el corazón aceptará su muerte (…), porque yo estoy contento si mi música, al menos, no se pierde; una vez, por lo menos, habré vivido igual que los dioses, y más no será necesario…”.

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