José María Triper
Corresponsal económico de elEconomista.
Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados… Acudo a estos versos de ese gran crítico y gran español que fue don Francisco de Quevedo, para asomarme a este otoño que ya apunta en el horizonte y que, si Dios no lo remedia y los tiempos hoy no están para milagros, va a ser un otoño, mas que caliente –que a eso ya nos han acostumbrado- auténticamente incendiario. Y no me refiero a la catástrofe que ha arrasado nuestros bosques en verano, sino al desastre que nos preparan nuestros políticos y demás ¿responsables? de nuestras instituciones y organizaciones sociales de toda clase y condición.
Y es que la que se nos viene encima desde hoy y hasta final de año es para echarse a temblar. Con el descontento en las calles por una subida del IVA que sólo va a servir para empobrecer aún más a los hogares y familias, estrangulando un consumo ya sin aire y que nos condena a una recesión aún más profunda, con una inversión agonizante y un desempleo creciente que camina imparable hacia los seis millones de parados.
Con unas comunidades autónomas que descubren ahora sus miserias para pedir el socorro del Estado sin dar nada a cambio, sin renunciar a su orgía de cargos, instituciones, competencias y representaciones tan innecesarias como ineficaces. Y, sobre todo, dejando el país aún más a los pies de los caballos de los mercados y de las agencias de calificación, con el daño consiguiente para nuestra prima de riesgo y nuestra deuda.
Con unas elecciones autonómicas, también, en Galicia y el País Vasco, que sólo van a servir para enconar aún más el escenario político, sacar nuevos trapos sucios y encrespar aún más las relaciones entre los partidos, cuando lo que necesita hoy este país es un gran Pacto de Estado para acabar de una vez con esta crisis y dar una imagen de unidad y firmeza frente al exterior que nos devuelvan el prestigio y el respeto que nunca debíamos haber perdido. Que eso es potenciar la marca España y no los fuegos de artificio a que se dedica desde el Ministerio de Asuntos Exteriores.
Y, por si esto no fuera ya suficientemente peligroso, tenemos también a las puertas las movilizaciones sindicales, con propuesta de una huelga general incluida y sus secuelas sobre una economía en recesión profunda. Se nos anuncian también la reanudación de las concentraciones de funcionarios con la pérdida consiguiente de horas de trabajo; los asaltos y boutades del patético Sánchez Gordillo y sus palmeros del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) que se han confirmado como la más esperpéntica versión de la España cañí. Y hasta las más intolerantes, delictivas y vergonzantes versiones del 15-M han empezando a convocarse a través de las redes sociales para una “toma del Congreso”, emulando a Tejero y demás golpistas del 23-F.
Pues eso, un incendio de graves y variados frentes el que se nos avecina y con los bomberos haciendo la guerra por su cuenta y atizando las llamas del contrario, mientras se queman el prestigio de España y el prestigio de los españoles. Si el bueno de don Francisco de Quevedo levantara hoy la cabeza y mirara los muros de esa patria suya y nuestra, seguro que le entrarían ganas de orinarlos.