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Digitalización. Inmigración para una economía digital

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Digitalización. En términos demográficos, la pandemia ha supuesto una catástrofe para la sociedad española. Nuestro país cerró el año 2020 con un total de 339.206 nacimientos y 492.930 defunciones, según el Instituto Nacional de Estadística. La mortalidad se disparó un 18% -fallecieron 74.227 personas más que en 2019- mientras que la natalidad disminuyó un 6% y, descenso tras descenso, va profundizando en sus mínimos históricos. Que el número de defunciones supere la cifra de nacimientos no es un fenómeno esporádico atribuible a la pandemia, sino una tendencia vigente desde hace varios años y que el coronavirus no ha hecho más que agravar. Las mujeres acceden a la maternidad cada vez más tarde y apenas tienen 1,18 hijos de media, una tasa claramente insuficiente para garantizar el relevo generacional.

Perspectivas demográficas

La pirámide demográfica revela, además, que el envejecimiento de la población es imparable. Vivimos en una sociedad con una edad media cada vez más avanzada y con una esperanza de vida de las más altas del mundo. Este hecho admite una doble lectura: por un lado, pone de manifiesto la excelente calidad de vida de que gozamos en España, así como la eficacia de nuestro sistema sanitario; pero, por el otro, arroja serias dudas sobre el futuro de nuestro modelo productivo.

En efecto, las perspectivas demográficas de nuestro país, que coinciden a grandes rasgos con el patrón que muestran las sociedades más desarrolladas del mundo, ponen en cuestión nuestra capacidad de crecimiento económico a largo plazo. Contrasta este escenario con las elevadas tasas de desarrollo productivo y demográfico previstas en otras regiones del planeta, concretamente en África subsahariana y en Asia-Pacífico, que en un futuro no muy lejano podrían comprometer la hegemonía económica del bloque occidental.

Impacto de la digitalización

Frente al desafío que supone el progresivo envejecimiento de la población, la mejor fórmula para preservar el nivel de progreso social y económico que hemos alcanzado en España en las últimas décadas consistiría en un aumento sostenido de la productividad. Pero esta solución se antoja poco probable en el contexto actual, dado que la productividad permanece estancada desde hace años. Parece más realista aprovechar las oportunidades que se derivan de la revolución digital.

A principios de año, el Foro Económico Mundial presentó un estudio titulado Upskilling for shared prosperity, elaborado en colaboración con la consultora PriceWaterhouseCoopers, en el cual se calculaba el impacto que tendría sobre una serie de países la mejora de las competencias digitales de su población. Pues bien, España aparecía como uno de los más beneficiados, pues de aquí a 2030 el PIB podría llegar a registrar un crecimiento extra del 6,7% y se podrían generar hasta 220.000 puestos de trabajo adicionales.

Digitalización, la estrategia

La digitalización constituye, probablemente, la tendencia más relevante en la economía del siglo XXI. Bajo ese nombre se agrupan actividades tan diversas como la biotecnología, la nanotecnología, la inteligencia artificial, la robótica, la impresión 3D, la realidad virtual o el big data. A decir verdad, nos encontramos en los albores de la era digital, muy lejos todavía de explotar al máximo todo el potencial que ofrecen las nuevas tecnologías.

En los próximos años, asistiremos a la desaparición de algunos empleos debido a la automatización de tareas, al tiempo que surgirán trabajos que ahora mismo no somos capaces de imaginar. Lo que está claro es que el desarrollo de las capacidades digitales se ha vuelto ineludible para las personas en edad de trabajar, porque facilita el acceso a aquellos puestos que serán más demandados en el futuro y proporciona una mayor flexibilidad para evolucionar con éxito en el terreno profesional.

Por ese motivo, nuestras autoridades han de situar la digitalización en el centro del sistema educativo, desde las etapas más tempranas hasta los niveles superiores, pasando por la formación profesional. Ninguna persona, con independencia de su cualificación académica, debería acceder al mercado laboral sin contar con un cierto grado de competencias digitales.

Y otra estrategia -no menos importante- que debería poner en marcha el Gobierno consiste en la captación de trabajadores de origen extranjero. El paulatino envejecimiento de la sociedad -en el año 2050 se calcula que habrá 3,7 millones de personas menos en la franja de 16 a 64 años y un tercio de los españoles tendrá 65 años o más- hace imperiosa la necesidad de recurrir a la inmigración para incrementar nuestra población activa y mantener, así, la fuerza productiva de la economía española.

A este respecto, sería aconsejable establecer políticas orientadas a primar la atracción de talento y mano de obra procedente de Iberoamérica. Es indudable que la integración social y la transferencia de conocimiento se producen de forma más rápida y sencilla si la población inmigrante comparte nuestra lengua, nuestra cultura y nuestros valores.

Decía François Mitterrand: “¿Qué hubiera sido de Francia si hubiésemos tenido una Latinoamérica?”. Y la ambición que se traslucía en las palabras del expresidente galo nos interpela sobre la capacidad de España para capitalizar su privilegiada posición histórica en la región. Lo cierto es que en los últimos años hemos perdido influencia política y nuestra inversión empresarial permanece estancada mientras China gana terreno de forma notoria.

Pero más preocupante aún es el debilitamiento de los vínculos afectivos. Desde Argentina hasta México, llegando incluso al sur de los Estados Unidos, se observa una creciente desafección hacia nuestro país, alimentada por un populismo de corte anticolonialista o indigenista que trata de reescribir la historia desfigurando nuestro pasado en común. No se puede interpretar de otra manera la retirada de las estatuas de Cristóbal Colón y de Isabel la Católica del aeropuerto de Bogotá, por citar uno de los episodios más recientes.

Frente al movimiento populista, fuente indiscutible de pobreza y de frustración, hay que reivindicar la historia de éxito vivida en los años noventa y en los primeros años del siglo XXI cuando las empresas españolas realizaron fuertes inversiones en Iberoamérica, contribuyendo a la modernización económica de estos países, al tiempo que cientos de miles de trabajadores latinos vinieron a aportar savia nueva a la sociedad española sobre la base de una cultura y una lengua comunes. Ojalá superemos pronto el distanciamiento actual y volvamos a un modelo de integración que tan fructífero fue para todos.

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Balbino Prieto, presidente de Honor del Club de Exportadores e Inversores Españoles

Por Balbino Prieto, presidente de honor del Club de Exportadores e Inversores Españoles

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