Jesús Centenera.
Ageron Internacional.
Formación: Elegía por la generación “indignada” y perdida
“Canta, ¡Oh diosa!, la cólera de Aquiles el pélida…”. Narra también, con el vate ciego, como se abalanza sobre las filas troyanas, causando tantas muertes con su espada, que las parcas apenas llegan a alcanzar su ritmo destructor, provocando que se prolongue la agonía de los cuerpos desmembrados, hasta que sus temblorosas manos cortan el hilo de esas vidas que se apagan. Se le ve por encima de todos los aqueos, al frente de sus mirmidones, con sus grebas y su broncíneo escudo (que ambiciona Ajax en secreto), con su coraza bruñida y refulgente, forjada por el mismo Hefesto en su sofocante y obscuro taller, que no tiene nada de velazqueño. Con su casco y su penacho de crines, que ondulan al aire como la larga cabellera de Menelao, el último en enterarse. Como un “beserk” (avant la lettre), se mueve enloquecido entre las filas enemigas, sudoroso y ensangrentado, aumentando con cada golpe el número de madres, viudas y huérfanos que llorarán esa noche detrás de las orgullosas murallas de Ilión por sus seres queridos.
¡Qué héroe sin parangón! Con un valor y un arrojo digno de los mismos dioses. Con una furia que alcanza la maldad y la ignominia cuando arrastra al cadáver del príncipe Héctor tras su carro cegado por la ira. Con una emotiva compasión y grandeza, cuando levanta del suelo al lloroso y suplicante rey Príamo y le permite llevarse esa noche el cuerpo sin vida de su vástago, la flor de la juventud troyana, cumplidora con su deber, incluso para defender con su vida la felonía de su hermano. Con una rabia épica ante las arbitrariedades de Agamenón, el hijo de Atreo, y con un dolor sin límites ante la muerte de Patroclo ¿Cuál es el secreto de Aquiles en la batalla? ¿Sus míticos pies ligeros? ¿Su entrenamiento militar probado en mil batallas? ¿Su valor basado en la temeridad y en un insensato desprecio a la muerte? No, esa fuerza arrolladora surge de un secreto oculto en su pecho, revelado por su madre, la ninfa Tetis (la de los níveos brazos): una larga vida de monotonía y mediocridad, o una gloriosa muerte en batalla, en la flor de la vida, y fama inmortal. Morir como el grano de trigo para renacer y brillar, alzándose orgulloso como una espiga ante las generaciones futuras. Para sorpresa de muchos, en la Ilída no se encuentran referencias ni a la escena del famoso caballo, ni a la herida en el talón, ni al supuesto refugio timorato del pélida en el gineceo, hasta que le descubre el astuto Odisseo, presentándole sus armas y su destino, temas todos ellos desarrollados con posterioridad. Habla tan sólo de los combates de esos héroes y de las grandezas y miserias humanas, y de cómo podemos ser los amos de nuestro destino.
Y hoy, en lugar de hablar de grandes exploradores y estudios de mercado, como hago cada mes, me veo obligado a tratar este tema, porque yo soy hijo de mi tiempo y “de mis circunstancias”, en concreto de la ola de “indignados” que ha sacudido al país, obteniendo una simpatía inicial de algunos, y atención mediática mundial, protestando contra el gobierno, contra el sistema, contra los bancos, culpando a los Dioses y a los reyes de su infortunio, como si sólo fueran víctimas y merecieran justicia. Y no puedo evitar recordar el último lustro, cuando, año tras año, llegaban a nuestra consultora a pedir trabajo (no, mejor, a pedir “una nómina”) algunos de esos jóvenes, y, tras hablarles de la gloria del combate, de la emoción de los viajes hasta el confín del mundo, de la pasión por la aventura, del esfuerzo y el sacrificio, respondían casi siempre con las mismas preguntas, que definían perfectamente sus ambiciones: “¿cuál es el horario?¿cuándo son las vacaciones?”. Como recuerdo la falta de movilidad geográfica general de muchos jóvenes españoles (porque en casa se vive muy bien). Con la paradoja de haber tenido 1,7 millones de parados, al tiempo que entraban 6 millones de inmigrantes dispuestos a todo, para salir adelante ellos y sus familias. Jóvenes que esperan que la formación académica sin actitud de trabajo, les abra todas las puertas (“¿quiere ver los títulos y los certificados de idiomas?”). Es la actitud, repito, es la actitud. Por no hablar de aquellos otros que han dejado de estudiar con 16 ó 18 años, por trabajos sin requisitos y sin futuro, pero que les permitían comprarse un coche y tunearlo, para irse a hacer botellón (y pastillón) en los parkings, en lugar de seguir estudiando y preparándose, adquiriendo experiencia con el sacrificio necesario en los primeros años de la carrera profesional.
Es como si, por el hecho de haber recibido una bicicleta de regalo de sus padres, las empresas tuviéramos que esponsorizarlos para realizar el tour de Francia, sin verles sudar la camiseta y entrenarse duramente todos los días, a diferencia de lo que han hecho otros muchos jóvenes, muchísimos, que siguen subiendo hasta la cima por la cara norte, con gran esfuerzo y sacrificio, con prudencia y respeto, con ganas de aprender, uniendo a su mayor o menor preparación, su espíritu de trabajo y su constancia… y sin tiempo para indignarse.
Canta pues también conmigo, ¡Oh diosa!, pero no un peán glorioso, sino una sombría elegía, acompañados los dos por un coro gimiente de suplicantes vestidas de negro, que se mesan los cabellos, por esa parte de la generación perdida, que ha preferido ocultarse en el gineceo, para tener una vida larga e indolente, en lugar de viajar lejos, al extranjero, donde se encuentra la fama y la riqueza. O culpar al sistema y a los demás, en lugar de correr al combate, no como mercenarios asalariados, sino creando su propia empresa, y su leyenda, como héroes solitarios, al igual que Aquiles, el más valeroso de los aqueos, que prefirió la gloria por el sacrificio final, a una vida cómoda e…indignante.
Jesús Centenera
Agerón Internacional.