Tombuctú: la leyenda de la ciudad mágica del desierto - Moneda Única
Opinión

Tombuctú: la leyenda de la ciudad mágica del desierto

Jesús-Centenera-(Ageron)

Jesús Centenera.
Ageron Internacional.


Cuando nos negamos a aceptar la realidad de los datos

Efectivamente, se trataba de los huesos calcinados de un hombre. Y por los objetos personales de los restos de la caravana a su alrededor, eran los de un hombre blanco, con más de veinte heridas en los huesos, fruto de un acuchillamiento salvaje y con una mandíbula rota. Aunque él no lo sabía, se trataba de Alexander Gordon Laing, que le había precedido unos pocos años antes, y había muerto en un ataque de los indómitos Tuaregs. René Caillé se frotó los ojos, esos ojos ya sin brillo, colgados por encima de los negros repechos de sus ojeras. Al menos ese infeliz había tenido una muerte rápida, mientras que él se consumía poco a poco, con la garganta reseca, la piel áspera y escamosa, y con terribles dolores de  cabeza y mareos frecuentes, bajo ese sol atroz del desierto. Sollozando sin lágrimas, se dejó caer, de nuevo, hundiendo sus rodillas en la arena, abandonándose, y suspirando por un sorbo de agua que mitigara su agonía.

 

Lo peor no era morir, pensó para sí, sino la futilidad de su viaje. Había soñado con ser el primer europeo en visitar la mítica Tombuctú, la opulenta capital del desierto, desde donde, durante siglos, habían partido las caravanas llevando el oro y las riquezas del África negra a través del Sahara hacia el Mediterráneo y viceversa, y de la que habían hablado Ibn Battuta y León el africano maravillados. Como era considerada una ciudad santa para los musulmanes, los europeos tenían vetada la entrada, además de las dificultades propias del acceso, ya que la misma estaba rodeada por el desierto y por las tribus de Tuaregs que practicaban por igual el pastoreo, el comercio y el bandolerismo. Para preparar su viaje, había estado en Sierra Leona y en Senegal durante meses, mejorando su árabe, memorizando el Corán y aprendiendo las costumbres locales, con objeto de hacerse pasar por un egipcio que había servido con Napoleón y que ahora volvía a su casa a través del desierto.

Después de 538 días de duras penalidades, había llegado a la ciudad en abril de 1828, encontrando una aldea mísera, decadente y llena de polvo. Incluso la famosa mezquita de Djingareiber no era más que unos bloques de barro seco con palos de madera prominentes como toda decoración. Los habitantes eran tan pobres, que a falta de leña, utilizaban el estiércol de los camellos para producir fuego. No había telas con ricos bordados, ni oro o joyas, ni mercaderes acomodados. Además, su aspecto occidental había levantado suspicacias desde el primer día, por no hablar de ese acento tan peculiar que le delataba, por lo que su vida había estado en peligro durante las dos semanas que había permanecido en la ciudad, esperando poder ver algo más, con el autoengaño de que la mítica Tombuctú no podía reducirse a esas calles llenas de polvo y excrementos, y a aquellas pobres casas de adobe, con telas mugrientas y en las que escaseaba hasta la comida. Pero nada había cambiado en esos quince días, teniendo que rendirse a la evidencia y abandonando la ciudad finalmente en dirección norte, hacia los territorios del sultán de Marruecos, atravesando el Sahara.

A algunos clientes que contratan estudios de mercado internacionales les pasa un poco lo mismo que  al pobre René, porque tienen ideas preconcebidas de los mercados que quieren abordar, y se resisten a creer los tozudos datos que les ofrece la realidad. Como ejemplo, puedo contar el caso de una asociación de empresarios iberoamericanos de productos del mar, que habían decidido que Europa era el mercado potencial más grande, en concreto Francia e Italia, y que se resistían a aceptar las conclusiones del estudio, hasta el punto de contratar a otra empresa un segundo estudio de la misma temática en los mismos países. Casi dos años después, volvieron otra vez a nosotros, demandando ¡un tercer estudio de mercado muy similar a lo que ya habíamos realizado! Eso no significa que los datos siempre sean fidedignos, o que los análisis que realicemos sean siempre correctos, pero, en líneas generales, solemos ofrecer una imagen bastante ajustada de la realidad, encontrándonos con clientes que, literalmente, “se resisten” a aceptar los resultados obtenidos. En algunos casos, nos piden que repitamos tal o cual recogida de información. O que busquemos fuentes adicionales. O, finalmente, que entreguemos los materiales-fuente utilizados, como los cuestionarios en papel, las notas de nuestras entrevistas o las tablas utilizadas para la obtención de los datos, para poder revisarlo ellos directamente. No importa que la metodología haya sido científica, ni que las pruebas sean abrumadoras. Si la realidad no coincide con las expectativas, se niega la realidad, con las consecuencias nefastas que suelen tener esa actitud.

René Caillé se puso en pie de nuevo. Siguió arrastrándose movido ya por el puro instinto de supervivencia, sufriendo durante semanas hasta lo indecible en su camino de regreso de ese viaje maldito, hasta llegar primero a Fez y luego a Tánger, donde se entrevistó con el cónsul francés Delaponte. Luego, volvería en una goleta a Francia, en donde un par de años después, publicó sus peripecias en un relato extraordinario, Journal d’un voyage à Tombouctou, que si bien desmitificaba la leyenda, le permitía entrar en la historia como el primer europeo moderno en haberla visitado (y regresado con vida), describiendo la triste realidad decimonónica de la misma, como había podido observar en persona. Me imagino que la fama le sirvió para mitigar la frustración de que el sueño de toda su vida fuera una pobre ciudad decadente y polvorienta. Bueno, la fama y probablemente también los diez mil francos que la Sociedad Geográfica le había entregado, cumpliendo su promesa, por ser el primero en entregar una descripción de Tombuctú para los europeos, que reflejara la realidad de las cosas, por encima de las expectativas de los sueños.
Jesús Centenera
Agerón Internacional.

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