El nuevo Plan Quinquenal es un reto para la industria europea mayor que el cierre de Ormuz - Moneda Única
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El nuevo Plan Quinquenal es un reto para la industria europea mayor que el cierre de Ormuz

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Rafael Loring, Economista Senior para Asia en Cesce Riesgo País, señala que el Plan Quinquenal chino 2026-2030 persigue la autosuficiencia tecnológica y el dominio de toda la producción industrial, con apoyo estatal y un yuan infravalorado, lo que supone un desafío crítico para la industria europea.

El pasado 12 de marzo la Asamblea Nacional China aprobó el nuevo Plan Quinquenal 2026-30. Se trata del documento que guiará la potente política industrial china de cara al próximo lustro. En condiciones normales, esta noticia y el análisis del documento habrían copado buena parte de la atención mediática en los círculos empresariales. Sin embargo, el cierre del Estrecho de Ormuz y la amenaza que esto supone sobre el mercado mundial de la energía ha puesto, y con razón, en vilo al mundo económico. No obstante, el destino de la industria europea se va a definir en los próximos años por la capacidad de respuesta a la nueva política industrial china más que por el impacto de las recurrentes guerras en Oriente Medio.

Si bien todavía no conocemos la articulación del plan en detalle, hay un término que lo resume con rotundidad: autosuficiencia tecnológica. El documento enfatiza el esfuerzo de la última década para dominar las etapas más avanzadas y de mayor valor añadido de la producción industrial. Esto implica redoblar la apuesta por el modelo inversor-exportador y dejar en segundo plano el estímulo del aletargado consumo interno.

Es evidente que su enfrentamiento con EE. UU. y las restricciones al acceso a chips avanzados estadounidenses en los últimos años han determinado en buena medida este curso de acción. De todas formas, de cara al exterior, digámoslo sin ambages, lo que trasciende de esta política industrial es la intención de dominar todos los eslabones de la producción, desde los menos avanzados e intermedios, que ya domina, hasta los de mayor complejidad tecnológica. Dicho de otro modo, la industria europea no va a poder afrontar esta competencia simplemente avanzando hacia productos de mayor valor añadido, como hizo en el pasado, ni siquiera buscando nichos en la escala intermedia. Incluso los servicios de alto valor añadido, que algunos señalan como la solución, son ya una de las áreas identificadas en el Plan que China busca dominar.

En condiciones normales, las armas competitivas para desarrollar el Plan con las que cuenta China son ya prodigiosas. No solo está dotada de la mayor capacidad industrial del mundo (31% de la producción mundial), lo que permite disponer de una cadena de suministro cercana y eficiente; domina también el acceso a las materias primas críticas, cuenta con una formidable dotación de infraestructuras y, aunque sus costes laborales están en ascenso siguen siendo competitivos y posee una población cada vez más cualificada (60% de matriculación en estudios superiores).

Por encima de esto, el Estado chino otorga además una larga lista de ventajas para los sectores señalados como prioridad nacional. Quizás la más relevante sea el apoyo financiero otorgado a través de los fondos Guía y las tasas preferenciales provistas por los cuatro bancos públicos que dominan el sector financiero. A esto hay que añadir los beneficios fiscales y operativos. El Estado permite “superdeducciones” por I+D que implican reducir el coste de la investigación a la mitad. Asimismo, la fiscalidad de las empresas designadas de “Alta Tecnología” pasa automáticamente del 25% al 15% de los beneficios. El Estado permite, además, a sectores determinados, como centros de datos, servidores y plantas de microprocesadores, acceder a energía barata en forma de tarifas eléctricas planas preferenciales. Por último, las empresas chinas cuentan prácticamente en exclusiva con el mercado de los contratos gubernamentales, especialmente en las áreas de alta tecnología. Existen más ventajas aún derivadas de la acción estatal, pero quizás la más relevante ahora mismo es una que no aparece en el Plan Quinquenal. Hablamos del tipo de cambio.

Según las estimaciones del Instituto de Economía Alemana (IW Köln), la infravaloración en términos reales del renminbi respecto al euro se sitúa actualmente en torno al 40%. Esto se ha producido a lo largo de los últimos cinco años por la intervención encubierta de las autoridades, que no han permitido que el tipo de cambio refleje la caída relativa de los costes en china. La situación se ha agravado, además, por la fijación parcial del renminbi con el dólar y la depreciación de este frente al euro los dos últimos años.

Efectivamente, esta estrategia explica por qué, durante 2024 y 2025, el yuan se ha mantenido en un rango estrecho frente al dólar (oscilando entre 7,10 y 7,35 CNY/USD) a pesar de la debilidad global del billete verde. Este «anclaje en la sombra» ha provocado que el yuan acompañe al dólar en su caída frente a otras divisas. El yuan acumula ya una notable depreciación nominal frente al euro, que alcanzó el 7,8% en 2024 y se situó en torno al 8,3% en 2025. Sin embargo, el impacto más agresivo se observa en términos reales debido al diferencial de precios. Mientras la Eurozona ha gestionado inflaciones más altas, China ha entrado en un ciclo casi de deflación, con el IPC rondando el 0% desde 2022. Esto ha hundido, como hemos indicado, el tipo de cambio efectivo real (TCER) hasta el entorno del 40% del yuan frente al euro y supone en la práctica una devaluación masiva encubierta.

Hablamos de intervención encubierta porque el balance del Banco Central cuando este interviene para depreciar la moneda debería reflejar un ascenso de las reservas de divisas, especialmente en dólares, pero eso no se está produciendo.

Las reservas del Banco Central llevan años estancadas en torno a 3,2 billones de dólares. Es más, en los últimos años China ha experimentado un giro estratégico en pro de garantizar su soberanía financiera y de reducir su vulnerabilidad frente a unas hipotéticas sanciones occidentales. Tras la congelación de las reservas rusas por la guerra de Ucrania, Pekin ha priorizado la construcción de una arquitectura financiera defensiva, acelerando la diversificación de sus tenencias para alejarse de activos «confiscables» en dólares. ¿Cómo es posible entonces mantener esta depreciación real y la fijación parcial con el dólar?

Lo cierto es que China está desviando el exceso de divisas hacia bancos comerciales de propiedad estatal o Fondos Soberanos de Inversión (SWF) sin que ello se refleje en las estadísticas del FMI. Así, las autoridades logran dos objetivos: evitar acusaciones de manipulación cambiaria por parte de EE. UU. y mantener la competitividad de su moneda. En buena medida esto explica que, en plena guerra comercial con EE.UU., China haya logrado el mayor superávit comercial de su historia en 2025 (1,19 billones de dólares).

En definitiva, todas estas ventajas de la industria china crean un círculo virtuoso al que llevamos más de una década asistiendo, en el que la mayor competitividad permite crecer y producir a gran escala y con ello ganar en eficiencia, redundando en su capacidad competitiva.  Es por esto que debemos tomar muy en serio las recientes estimaciones que indican que al final del Plan quinquenal China, que ya supone un tercio de la producción industrial mundial, logrará abarcar el 45% de toda la producción manufacturera global.

El reto que esto supone es casi existencial para la industria europea. De las repuestas desde Bruselas y de los gobiernos europeos, así como de la capacidad de adaptación de nuestras empresas en los próximos años va a depender la supervivencia de nuestra industria.

Por Rafael Loring Rubio, Economista Senior para Asía de Cesce Riesgo País.

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