José María Triper
Corresponsal económico de elEconomista.
Mientras los políticos de los dos grandes partidos siguen enfangados en restregarse sus miserias, más atentos a los procesos judiciales y al “…y tu mas” que a solucionar los problemas de los ciudadanos, y mientras los casos de corrupción les van quitando autoridad moral y minando su credibilidad para convertirse en el segundo problema para los españoles, como constata el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), la economía real, la de las pequeñas empresas y las familias sigue a la deriva en la tormenta, esperando que alguien ponga un poco de cordura y se acuerde de para qué los eligieron y a quién deben servir y no servirse.
Y, esta situación general, que afecta a casi todos los estamentos y sectores de la sociedad, se hace especialmente grave en el caso del Comercio. Porque son ya 95.000 los comercios cerrados desde el inicio de la crisis. Una cifra dramática que va a aumentar, sin duda, a lo largo del primer trimestre de este 2013. Porque muchos pequeños comercios, varios franquiciados y algún que otro grande, han estado esperando a la campaña de Navidad y la temporada de rebajas para ver si podían evitar el peligro de extinción. Pero no ha sido así.
La caída del consumo, obligado por la abusiva subida de impuestos del Gobierno, el desempleo que no cesa, la rebaja o congelación de los salarios de quienes todavía trabajan, el tijeretazo dado en la revalorización de las pensiones y la incertidumbre general sobre el futuro, han minado el poder adquisitivo y, con él, la capacidad de compra de unos ciudadanos cada vez más oprimidos, humillados y ofendidos por la ceguera de una clase política, al menos a nivel de dirigentes, mediocre y servil a las malsanas políticas que emanan de la führer Merkel y sus lacayos de Holanda y de Finlandia.
Pero, además, el pequeño comercio español debería ser consciente de que no son sólo los factores exógenos los que están provocando esta masacre en el sector. También hay importantes motivos endógenos que hacen tanto o más daño que la crisis y los regidores, y que se derivan del tradicional proteccionismo que tanto gusta al pequeño comercio tradicional, aferrado a un modelo paternalista que ha sido el germen de su inmovilismo frente a la evolución de la sociedad, de las tecnologías y, lo que es más grave, frente a los nuevos hábitos, necesidades y demandas de los consumidores.
Innovación, especialización, centros comerciales abiertos y libertad de horarios y aperturas son algunas de la recetas que precisan con urgencia los pequeños comerciantes para salir de ese coma profundo en que se encuentran. Adaptarse al devenir de los tiempos, apostar las tecnologías de la información, impulsar el diseño y la calidad en el servicio y las estrategias de fidelización al cliente, deben convertirse en las nuevas herramientas de unos empresarios y de una actividad que siguen siendo un elemento fundamental en el paisaje de nuestros pueblos y ciudades. Eso, además, de dejar de mirar a las grandes superficies y centros comerciales como enemigos para verlos como potenciales aliados y aprovechar las sinergias que generan. Eses es el reto. Si no, sólo les espera el bien morir. Aunque la crisis pase y aunque el consumo se levante.