El cautiverio de Colón - Moneda Única

Jesús Centenera.
Ageron Internacional.


De la absurda situación de un cliente desnortado

El muro de gruesas piedras tenía incluso musgo debido a la humedad intensa que empapaba la celda, calando en sus doloridos huesos, pero eso no le importaba. La obscuridad casi permanente hacía más lóbrega la mazmorra, concebida para que no se pudiera contar el paso de los días y las noches, pero eso tampoco turbaba al Almirante de la Mar Océana. Ni siquiera la degradación y humillación que suponía tener que acostarse en un jergón de paja sucia y maloliente, fruto de la debilidad de su ancianidad, ni las rozaduras en tobillos y muñecas, donde los grilletes le habían desollado la piel con los movimientos más leves, porque el cuerpo de ningún hombre se acostumbra a llevar cadenas, aunque muera con ellas (¡ah, le château d’If!). Alguno podría pensar que lo que de verdad irritaba a esa cara sin afeitar desde hacía semanas era el recuerdo punzante de haber podido navegar libremente hacia las Indias varias veces, notando el viento marino, con ese dulce sabor a salado, y estar ahora privado de libertad, encerrado en una estrecha mazmorra, sin libertad ni bienes. Pero no lo era. Lo que de verdad le corroía por dentro, como una rata salvaje, era el atropello en sí de la prisión decretada por el maldito Francisco de Bobadilla. Era tan injusto, tan fuera de lugar, que apenas podía dormir de la rabia intensa que le consumía el espíritu.

Aunque es un hecho poco conocido, Cristóbal Colón estuvo preso dos veces, al volver de su cuarto viaje, por esas miserias que tenemos los hombres en general y los españoles en particular, de envidiar a los que sobresalen, sacando esa parte mezquina que habita en todos nosotros, (en algunos más que en otros). A mi también me pasó, in illo tempore, (de hecho hace tantos años que se pierden los detalles en la memoria y ruego por no ser injusto en el relato, posiblemente deformado por la niebla del paso del tiempo, y por ser juez y parte), una situación de esas que ahora llamamos kafkianas. Pero si bien el Almirante sufría tanto por el huevo de su riqueza y posición perdidas, como por el fuero de un acto violento e injusto realizado contra él, yo siempre he sido más de protestar por las cosas que no son como debieran y por no permitir las arbitrariedades de los demás, especialmente si lo que tienen pertenece al común y es fruto de cargo eventual. Y lo bueno de tener mi propia empresa y ser independiente en mi manera de actuar, es que siempre he podido ir allá “a donde nos llaman los signos de los dioses y las injusticias de nuestros enemigos”.

Os cuento pues, que en una ocasión, vi publicado un concurso para un proyecto importante, convocado por una asociación o institución (perdóname, amable lector, tan débil es mi memoria), que tenía serios defectos de forma y de fondo. Además, nos privaron de información relevante e imprescindible para poder competir en igualdad de condiciones, porque estaba claro que querían adjudicarlo a la empresa que ya lo estaba haciendo. Lo normal era dejarlo pasar, pero se me ocurrió plantearlo de tal manera que o debían repetir el concurso (ya iban retrasados en plazo por la falta de previsión) o nos lo concedían a nosotros, lo que finalmente hicieron, pero con gran enfado por parte de algunos directivos (¿directivos?) del cliente. ¡Qué situación más espantosa, tener que lidiar con personas que querían tapar un error de origen en la licitación, con otro en la adjudicación! Y si bien siempre cabe la posibilidad de que no fuéramos los más apropiados, también lo es que “la culpa nunca es del indio, sino del que le nombró alcalde”.

Durante muchos meses, estuvimos los responsables de ese cliente y nosotros amarrados por el grillete incómodo del contrato que nos obligaba. Con una hostilidad latente, que afloraba constantemente, multiplicándose por el deseo de alguien sin autocontrol (etimológicamente griego), apoyado por alguien sumido en una adicción, apenas disimulada. Desde pueriles amenazas, veladas y abiertas, hasta la convocatoria a una reunión para ver soluciones a algún problema específico operativo, en la que, sospechosamente, nos encontrábamos, de golpe, sentados con varios abogados de la casa, e incluso con la obligación de tener que partir al destierro temporal (polvo, sudor y hierro) para evitar que se agravaran las cosas. Hasta en tres ocasiones intentaron buscar resquicios para quitarnos de en medio, probablemente cargados de razones, pero ayunos de sabiduría, aumentando la tensión por momentos. Como me acabó comentando un perplejo director general, jamás se había visto una relación tan incomprensible entre una empresa de consultoría y un cliente, a lo que contestamos que jamás se había encontrado un cliente tan enconado en librarse de ninguna empresa y de manera tan burda. Porque decía mi madre que hasta para ser malo hay que ser listo, lo cual parece que no era el caso.

Cuentan que el sabio rabino cordobés Rambam, conocido en España como Maimónides, murió en Egipto y pidió ser enterrado en Eretz Israel, frente al mar de Galilea. Para transportar su cuerpo, pusieron dos cestos a ambos costados de un burro, compensando el peso de su frágil cadáver con sus libros y escritos, fruto de una vida dedicada al estudio y la explicación de la Torá y de la Halajá, así como de la ciencia. Me pregunto cuántas personas pasarían esa prueba, y cuantos otros irían golpeando su cabeza contra el suelo por no tener contrapeso alguno. Al final, no se trata de tener siempre razón, sino de estar dispuesto a defender las convicciones con respeto, firmeza e inteligencia. Pero la moraleja formativa es que no merece la pena discutir permanentemente con tu cliente, incluso si tienes toda la razón del mundo. No siempre va a intervenir la mismísima reina Isabel de Castilla para rescatarte de la mazmorra y para imponer un poco de orden a esos “cortesanos” que olvidan que estamos todos para servir.

Jesús Centenera
Agerón Internacional.

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