Jesús Centenera.
Ageron Internacional.
De los inicios de los estudios de opinión pública y de mercados en España
Un pequeño golpe de la piqueta y la losa que cubre la entrada a la cámara sepulcral se agrieta, exhalando un breve gemido. Un segundo golpe, y se extienden las grietas hacia los lados del marco de ese estrecho corredor que cierra la morada del descanso eterno del faraón, mientras se desgajan una piedrecillas de la herida y cae un poco de polvo, cual sangre pétrea momificada. Un tercer golpe, contundente, y la losa se dobla sobre sí misma, incapaz de soportar tanto castigo, desplomándose en trozos hacia el interior y el exterior de manera desordenada, provocando un estruendo terrible, como el que hacen las piedras al morir. Se produce una corriente de aire entre esos dos mundos que llevan más de tres mil años separados: el interior de la tumba regia, y el estrecho pasillo a los pies de las escaleras, que habían sido descubiertas por casualidad, en el proverbial último minuto.
Efectivamente, porque tras varios años frustrantes y sin resultados, el filántropo y erudito inglés, Lord Carnavon, había decidido no prolongar su subvención, más allá de esta campaña, a su protegido, el arqueólogo Howard Carter, en el Valle de los Reyes de Tebas. Y ahora, casi un mes y medio después del descubrimiento fortuito de las escaleras de la única tumba sin profanar del antiguo Egipto, y de un apresurado viaje desde Inglaterra y El Cairo, allí estaban ambos, recibiendo esa corriente de aire de olor acre y pesado, proveniente del interior de la cámara, embargados por la emoción. Carter, con parsimonia exasperante, enciende una cerilla y prende la antorcha que ha traído uno de los excavadores egipcios. A continuación, la inclina para que entre por el estrecho agujero, como si fuera el extremo llameante de su propia mano, acercando, a continuación, su cabeza al hueco que ha quedado para poder mirar el interior. Lord Carnavon no puede aguantar más sus nervios y le pregunta ansioso a su protegido un: “¿qué ves, Howard, por Dios?”, mientras apoya su mano en el hombro del hombre arrodillado delante de él. Su respuesta es lacónica, más si tenemos en cuenta el tesoro que acaba de ser descubierto, y que hoy se expone en el museo de El Cairo: “Wonderful things!”, (“¡Cosas maravillosas!”)
Quitando la posibilidad de acompañar a los viajeros del tiempo de J.J. Benítez en su novela “Caballo de Troya”, o de haber estado en el alunizaje en nuestro satélite (que ya he comentado en otro artículo), no se me ocurre una situación más intensa y llena de emociones, en la que me hubiera gustado estar, que arrodillado junto a Carter en ese estrecho pasillo en 1922. Incluso con los rumores de una maldición, que acabaría con la vida de todo aquel que se atreviera a profanar el sueño eterno del faraón adolescente, Tut-Anj-Amón, el hijo del hereje Ajen-Atón, que había instaurado en la nueva capital de Amarna, el culto al único Dios verdadero, representado por el disco solar Ra (“luz de luz, Dios de Dios”). Pero el faraón visionario, no había podido contra el poder económico y la magia tenebrosa de los sacerdotes de Amón en Tebas, forzando estos la vuelta de su hijo y de la corte. Todavía adolescente, había fallecido el faraón, en circunstancias misteriosas, quedando sepultado, junto a un espectacular tesoro, en esa tumba, desconocida durante milenios, quizás por las maldiciones que la protegían y que habían aparecido en esas tablillas con ominosos jeroglíficos.
Por mi parte, habiendo dilapidado gran parte de mi fortuna familiar en intentar construir una réplica de la máquina del tiempo de H.G. Wells (sin éxito, ¡maldición!), me he tenido que contentar con la lectura de libros sobre la antigüedad y con la visita a museos, en mis escasos ratos libres, dedicando maratonianas jornadas diurnas durante años a trabajar haciendo estudios de mercado, por aquello de alimentar, cobijar y vestir adecuadamente a mi prole. Por eso, ¿se imaginan qué emoción tan intensa he experimentado hace unas semanas, cuando he podido unir las dos mitades enfrentadas de mi penosa existencia, en un abrazo vergariano, al encontrar un pequeño tesoro de información sobre nuestra disciplina con más de medio siglo de antigüedad? Un tesoro de papel sobre los orígenes de la investigación de la opinión pública en España, con legajos sobre esos primeros pasos, manuscritos y a máquina, junto a ejemplares de la publicación “Publicidad y Venta”, cuyo subtítulo reza: “Revista técnica de la promoción de ventas por la publicidad racional”, delicadamente encuadernados por su director, Rafael Fernández Chillón.
Rafael había trabajado primero como analista de encuestas, dirigiendo desde el otoño de 1952, el “Servicio español de auscultación de la opinión pública” (denominado de 1963 a 1977: Instituto de la Opinión Pública, y desde entonces, hasta ahora: Centro de Investigaciones Sociológicas). Además, había dirigido el Instituto de Estudios de Mercados, constituido el 15 de junio de 1953. Nacido el 13 de diciembre de 1920, en Madrid, licenciado en periodismo, había trabajado en la capital y en Cádiz, antes de asumir dichos cargos, siguiendo su trayectoria profesional, posteriormente, en el ámbito empresarial, creando primero el “club del seiscientos”, así como diversos clubes y asociaciones relacionados con el automóvil y el tiempo libre, para acabar constituyendo la empresa “Comisariado Europeo del Automóvil”. Al igual que tantos empresarios de su generación, no se planteaba la palabra jubilación, porque el “júbilo” lo encontraba en los retos del trabajo diario de sacar adelante una empresa con todo lo que conlleva.
Puede parecer baladí, pero las horas que he pasado buceando entre dicha documentación han sido para mi una fuente de satisfacción personal y profesional inmensa. Y con una ventaja adicional, ya que dichos documentos no tenían ninguna maldición, como decían que ocurría con la tumba del Faraón. ¿Realidad o invento posterior para las masas curiosas, amigas de lo extraño y esotérico? No lo sé, pero tanto Carter, como Lord Carnavon murieron de manera misteriosa, al igual que varios excavadores egipcios. Por si acaso, acompañado por mi familia he contemplado boquiabierto dicho tesoro en el museo de El Cairo, pero hemos pasado de largo, apresuradamente, sin entrar en la sala de las momias. Nunca se sabe.
Jesús Centenera
Agerón Internacional.