Jesús Centenera.
Ageron Internacional.
De la “Verdad” y las interpretaciones de los datos de un estudio
“Me muero ¿no? Pero es… tan hermoso… ¿verdad? Veo la sangre fluyendo en la nieve. Un círculo rojo extendiéndose suavemente sobre la tierra blanca. Roja. Blanco. Cálida. Redondo. Lenta. Amplio. Húmeda. Borroso… Pero, ¿no es mi sangre esa que se funde en la nieve? ¿No es el calor de mi vida el que se filtra y se esconde entre los intersticios fríos de la muerte, como se escondía el ciervo en la foresta? No puedo evitar mirar ese reguerillo, con la misma fascinación que me producían los rituales de los cantos y danzas de nuestro chamán, para unir lo trascendente, con lo cotidiano. ¡Ay! Se escapa en silencio. El rojo se torna suavemente rosado. Se parece al sol que nos da la vida cada mañana y que nos la quita cada noche. Estoy tan cansado. Me duele la mano. Y la espalda. ¡Esa flecha en mi espalda! Y el pecho. ¡Qué golpe tan brutal! Vuelvo a toser, fatigado, jadeante, dejando caer una nueva gota de sangre en esta nieve fría que me abraza como un sudario. Espera, madre, espera, ya voy. Voy a reunirme contigo y con mis antepasados. Te echo mucho de menos. Te quise tanto y te lo dije tan pocas veces. Son tantos años, madre. Casi treinta. Me pesan los ojos. Quiero cerrarlos y descansar. Descansar para siempre.”
Parece que “Ötzi”, el “hombre de hielo”, sufrió mucho dolor, con una agonía que se prolongó de tres a diez horas, provocada por las contusiones, los cortes, y, sobre todo, por esa flecha clavada en el pulmón, que le atravesó el omóplato. Probablemente, miró por última vez a las montañas, tan blancas y orgullosas, suspiró y cerró los ojos, pensando que, por fin, podría descansar. Su último pensamiento, después de su madre, fue para su mujer y sus hijas (¿no lo es siempre?). Quizá musitó, como diría el filipino Rizal: “adiós, dulce extranjera, mi amiga, mi alegría, morir es descansar”. Y luego, nada ¿Nada?
El aniversario de los cien números de Moneda Única coincide en el tiempo, a escasos meses, con el vigésimo aniversario del descubrimiento de Ötzi por un matrimonio de excursionistas alemanes, cuando un día de la primavera de 1991 vieron aparecer parte de unos restos humanos, en el valle sud-tirolés de Ötz. Al principio pensaron que se trataba del cadáver de un montañero extraviado, pero resultaron ser los de un cazador neolítico que vivió hace 5.300 años (año más, año menos, que tampoco se puede uno fiar mucho del carbono 14, digan lo que digan los científicos).
El revuelo mediático mundial fue extraordinario. Como con el ron Santa Teresa, “importado del pasado”, nos encontrábamos con un antecesor europeo, proveniente del Neolítico, con apasionantes historias que contarnos sobre su vida cotidiana, su alimentación, su salud y su propia muerte. Pero en este punto, al igual que en los estudios de mercado, los mismos datos daban una miríada de explicaciones posibles. Si bien había algunos puntos incontestables, como que se trataba de un varón, de raza caucásica, de unos 46 años (¡Cielos!, como yo ahora…), el resto era pura conjetura. Primero dijeron que se cayó y que murió de frío en ese paso de montaña. Luego, al hacerle la autopsia, pensaron que fue asesinado, alcanzado por un flechazo, y que se desangró. Varios años después, analizando la herida de la mano y la del pecho, y la sangre en su hacha, llegaron a la conclusión de que murió tras “dos” días de combates sucesivos. Hace unos pocos meses, se aventuró la teoría de que fue enterrado por sus tribu, un poco más arriba de donde se encontró, por detalles como la diferencia entre la fecha estimada de la muerte y el enterramiento, o por el arco inacabado, así como por la presencia de artículos, como la valiosa hacha de cobre. Incluso algunos, exponiendo paralelismos con otros casos en el Himalaya y en los Andes, apuntaron a un “sacrificio” y su posterior enterramiento ritual en un paso sagrado.
¿Cómo es posible que, partiendo de los mismos datos, se pueda llegar a conclusiones tan diferentes? ¿No existe la verdad objetiva? ¿Es un problema de falta de información, de énfasis o de manipulación? ¿Se pueden presentar conclusiones sobre los estudios de mercado que sean la “Verdad” y que reflejen la “Realidad”, o siempre serán interpretaciones? ¿Todo es relativo?
Buscando en internet datos acerca de “Ötzi” se pueden encontrar pequeñas diferencias sobre su edad, altura y sobre otros detalles. Pero más allá de los errores, lo que se encuentra son interpretaciones muy diferentes, cuando no contradictorias. Eso sí, firmadas y avaladas por la universidad “de tal”, o por el laboratorio “de cual”. En nuestros estudios de mercado, no me atrevo a decir que descubramos la “Verdad”, ni que acertemos siempre, ya que no creo estar a la altura de lo que decía Dante en el infierno del historiador latino: “Livio, che non erra”. Pero estamos obligados en dichos estudios a dar “una” interpretación de la realidad, que sirva como base para la toma de decisiones. Respetando la ética profesional, intentando no desvirtuar lo que observamos, hace falta presentar los resultados del análisis, que sea una herramienta veraz y útil para los clientes, aunque, en nuestro interior, mantengamos la humildad intelectual de saber que no siempre somos capaces de comprender la realidad, por no tener la omnisciencia divina, como pretenden algunos.
Y, mientras, el cuerpo del pobre “Ötzi” yace, desnudo, en una postura imposible, dentro de una cámara frigorífica del museo de Bolzano, esperando nuevas interpretaciones de su muerte en ese paso de montaña de los Alpes. No puede descansar en paz como todos los demás, aunque quizás su espíritu sí que esté ya con su familia, viendo desde el cielo los atardeceres sobre los Alpes. Como decía Gabriel y Galán: “… diciendo que un mundo diera, por ver la rosada aurora, que con su rayos colora, las flores de la pradera, por ver de la noche en pos, los rayos del sol ardiente, y atónito…, y reverente…, postrado, alabar a Dios”